Durmiendo con el enemigo: La estrategia del chavismo para comprar tiempo

2026-02-07 · Abajo Cadenas

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A casi veintisiete años de la llegada del chavismo al poder, Venezuela sigue atrapada en un estado de incertidumbre crónica. Lo ocurrido en la madrugada del 3 de enero de 2026 —una acción militar atribuida a Estados Unidos que, según versiones difundidas desde Washington, derivó en la captura de Nicolás Maduro— no cerró el ciclo político del régimen. Lo fracturó. Y en esa fractura, la cúpula chavista ha optado por su táctica más conocida: comprar tiempo.

La desaparición forzada del liderazgo central dejó al frente de una supuesta “presidencia interina” a Delcy Rodríguez, una figura que no pertenece a los días fundacionales del chavismo, pero sí a su etapa más oscura: la del poder concentrado, la represión sistemática y la normalización del crimen como herramienta de gobierno. Su apellido no es anecdótico. La historia de la familia Rodríguez está ligada, desde los años setenta, a formas de militancia violenta que nunca terminaron de abandonar el lenguaje de la coerción.

La llamada transición, lejos de abrir espacios, comenzó con reflejos autoritarios. Nuevas iniciativas legislativas —redactadas y aprobadas por las mismas estructuras que durante años castigaron la disidencia— han buscado criminalizar cualquier expresión de apoyo a la operación militar estadounidense. El mensaje es claro: disentir, incluso en silencio, puede costar cárcel.

Como respuesta inmediata, el chavismo reactivó su viejo manual represivo. La conocida operación “tun-tun” volvió a las calles, esta vez con mayor descaro. Grupos armados irregulares, los llamados colectivos, instalaron puntos de control improvisados donde los ciudadanos comunes fueron obligados a entregar sus teléfonos móviles. El objetivo no era la seguridad: era el miedo. Buscar mensajes, contactos, opiniones. Convertir la sospecha en método de control social.

Manifestante con bandera venezolana en Caracas

Comprar tiempo como estrategia de supervivencia

Mientras tanto, desde Washington, el discurso fue contundente. Al día siguiente de la operación, el presidente Donald Trump afirmó públicamente que su administración, junto a altos funcionarios de defensa, asumiría la conducción del proceso venezolano en coordinación con “autoridades interinas”. Las imágenes de los dirigentes chavistas, difundidas en redes sociales, mostraban algo poco habitual: desconcierto. No había épica. No había consignas. Solo rostros conscientes de haber sido arrinconados.

Desde entonces, el régimen ha desplegado una coreografía conocida. Gestos simbólicos. Mensajes ambiguos. Filtraciones interesadas sobre posibles conversaciones con la Casa Blanca: venta controlada de petróleo, levantamiento parcial de sanciones, reapertura de la embajada estadounidense en Caracas. Nada confirmado. Todo insinuado. El objetivo no es resolver, sino ganar oxígeno.

Por primera vez en décadas, el chavismo no negocia desde la arrogancia, sino desde el miedo. Pero sería un error subestimarlo. Este es un poder que entiende la violencia, pero también el calendario. Y el calendario juega un papel central.

Las elecciones de medio término en Estados Unidos, previstas para Noviembre de 2026, ya pesan sobre la mesa. Las encuestas apuntan a una posible recomposición del Congreso que podría limitar el margen de maniobra de la Casa Blanca. El chavismo lo sabe. Y apuesta a resistir lo suficiente para que el escenario político en Washington cambie.

En otras palabras: no buscan ganar, buscan durar.

Este cálculo se vuelve aún más peligroso en un contexto internacional marcado por tensiones simultáneas entre Estados Unidos, Irán e Israel. Cada nuevo foco de conflicto diluye la prioridad venezolana. Cada crisis global es una oportunidad para que el régimen se esconda detrás del ruido.

El riesgo de dormir con el enemigo

Aquí es donde el dilema se vuelve incómodo. La tentación de negociar con una cúpula debilitada es real. El deseo de estabilidad, comprensible. Pero dormir con el enemigo —creer que el chavismo, acorralado, se transformará por conveniencia— es una apuesta históricamente fallida.

Este régimen ha sobrevivido no por su legitimidad, sino por su capacidad de adaptarse, dividir, mentir y resistir. Cada concesión sin garantías, cada diálogo sin condiciones claras, ha terminado fortaleciendo su control interno.

La prudencia, en este momento, no es sinónimo de pasividad. Es sinónimo de memoria. El chavismo no está derrotado: está herido. Y los poderes heridos, cuando no se les enfrenta con claridad, suelen volverse más peligrosos.

El tiempo puede parecer su aliado. La historia, no..

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